Tuesday, October 6, 2009

Those are my wings / Esas son mis alas


The story about my experience with the author of Jonathan Livingston Seagull and Carlos Fresneda's interview with the writer was published in El Mundo Oct. 4, 2009. I'm posting here both the English and the Spanish versions of my text, together with the photos the newspaper used. Bach receive us to promote his new book Hypnotizing Maria. Bach nos recibió para promover su nuevo libro, Vuela conmigo. Mi texto en español lo puedes leer más abajo.

“Those Are My Wings”
Above the clouds with Richard Bach.
©2009 Isaac Hernández, Orcas Island, Washington, USA.
“Flying is something that you learn in a minute and a half and you spend the rest of your life perfecting,” says Richard Bach, as I tighten by harness cradled in the back seat of his loyal Husky A-1B aircraft. “If you want, you can fly it,” he surprises me.
After a quick lesson on how the control lever works, and checking that everything is in order and that “the engine is happy”, Richard directs the hydroplane against the wind and soon we’re lifting, Orcas Island under our feet turning into a silhouette against the blue Pacific.
I feel like one of the farmers in the Midwest to which Richard offered flights on her plane for just three dollars, during the 70’s, after writing Jonathan Livingston Seagull. He was continuing a tradition began by returning WWI pilots.
From the hand of Bach and his book I began taking flight as an adolescent. Who was going to think then that three decades later Richard himself would take me to the top of the clouds to let me free with the wind?
“After some time,” points Bach, “the wings become an extension of your arms, and you can even feel the air ruffling your feathers. Those are my wings, that’s my power. You stop thinking that your body is here and the plane is there, you become one and only one creature, a flying creature.”
The metaphor of Jon Seagull becomes reality inside my bones. My teacher is not a “talking seagull”, but the writer that gave life to the book that he had carried inside him.
“Go up to that cloud,” asks my instructor. I pull the lever and up we go. I maneuver at 1000 meters with a smoothness of a seagull. I’m happy that my captain doesn’t ask me to stall and do a nosedive. And I remember the end of the book. “No limits, Jon?“ My race to learn has begun.

“Esas Son Mis Alas”
Sobre las nubes con Richard Bach
©2009 Isaac Hernández, Orcas, Washington, EEUU.
“Volar es algo que se aprende en un minuto y medio, y se perfecciona el resto de la vida”, dice Bach según me aprieto el cinturón de seguridad en el asiento trasero de su fiel avioneta Husky A-1B. “Si quieres puedes pilotar,” me sorprende.
Tras una rápida lección de cómo funciona la palanca de mandos, y comprobar que todo está en regla y “el motor contento”, Richard dirige el hidroplano contra el viento y comenzamos a elevarnos, y la isla de Orcas bajo nuestros pies en una silueta contra el Pacífico.
Me siento como uno de los granjeros del Oeste Americano a los que Richard diera paseos en avioneta por tres dólares, durante los 70, tras escribir Juan Salvador Gaviota. Seguía una tradición que comenzaron los pilotos que regresaban de la Primera Guerra Mundial.
De la mano de Bach y su libro comencé a tomar el vuelo como adolescente. ¿Quién me iba a decir que seis lustros después acabaría él mismo llevándome a lo alto de las nubes para luego dejarme libre con el viento?
“Pasado un tiempo”, apunta Bach, “las alas se convierten en una prolongación de tus brazos y puedes sentir incluso el aire como si te tocara las plumas. Esas son mis alas, ese es mi poder. Dejas de pensar que tu cuerpo está aquí y el avión está ahí, te conviertes en una sola criatura, una criatura voladora”.
La metáfora de Juan Gaviota se hace realidad dentro de mis huesos. Pero en lugar de una “gaviota parlante”, mi instructor es el escritor que dio vida al libro que llevaba dentro de él.
“Sube hacia esa nube,” pide mi maestro. Tiro de la palanca y hacia arriba vamos. Maniobro a mil metros de altura con la suavidad propia de una gaviota. Me alegro que mi capitán no me pida hacer una caída libre, y recuerdo el final del libro, “¿No hay límites, Juan?” Mi carrera hacia el aprendizaje ha empezado...

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